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Ecología y bioética

autor: Radagast

categoría: Bioética

Abierto a todos los lectores

El poder sobre la realidad ha convertido a la moderna tecnociencia en una caja de Pandora con posibilidades inéditas de destrucción humana y medioambiental. Esa amenaza hace necesario y deseable un control ético, y funda el nacimiento de la ética amb

 

El ser humano depende de un medio ambiente que ha desdeñado y maltratado con frecuencia, cegado por una falsa idea de progreso. El resultado es una larga lista de problemas medioambientales: destrucción de la masa forestal, agujero en la capa de ozono, cambio climático, extinción de especies animales y vegetales, contaminación atmosférica, residuos tóxicos y radiactivos...

Frente a este gran error, que puede lastrar seriamente la herencia que reciban las generaciones futuras, se alzan las reivindicaciones ecologistas. Un ecologismo justo es el que, sin absolutizar la Naturaleza, exige un cambio de actitud basado en una verdad elemental: los seres naturales tienen unos fines y una armonía que hay que respetar. Hans Jonas (1903 - 1992) aconseja "una autocensura de la ciencia bajo el signo de la responsabilidad", y parafrasea el imperativo categórico kantiano en su imperativo ecológico: "Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una auténtica vida humana sobre la Tierra."

Uno de los pilares de la ética dice que el fin no justifica los medios. De lo contrario, la necesidad de ganar dinero justificaría la venta de droga. Esta relativización moral de los medios en función de los fines afecta de lleno a las cuestiones bioéticas, donde lo que está en juego es el respeto a la vida humana. De entrada, conviene decir que, igual que una buena investigación policial no justifica la tortura, la investigación biomédica y sus posibilidades técnicas no están justificadas a cualquier precio. Hoy asistimos a un importante progreso en los conocimientos biomédicos sobre el origen, la naturaleza y las patologías y tratamientos de la vida humana. Pero también constatamos el perfeccionamiento de las técnicas para manipularla y suprimirla. Ello ha supuesto el nacimiento de la bioética, ciencia encargada de estudiar las implicaciones éticas de dichas técnicas. Entre otras, las que se emplean en la fecundación artificial, los trasplantes de órganos y tejidos, los experimentos con embriones, los remedios contra la esterilidad conyugal, el aborto y la eutanasia, la esterilización y los cambios de sexo.

Los seres humanos no somos iguales en estatura o peso, no tenemos el mismo color, ni la misma lengua, ni la misma forma de pensar, ni la misma historia. Sin embargo, por tener en común la condición humana, gozamos de los mismos derechos fundamentales. El primero de esos derechos protege la vida y la integridad física. Para gran parte de la humanidad, el respeto a la vida deriva directamente del más escueto mandamiento bíblico: No matarás. Pero la defensa de la vida humana no es monopolio de la Biblia, pues se presenta a lo largo de la historia como exigencia estrictamente racional y natural. Desde su agnosticismo, Umberto Eco expresaba así su opinión sobre el respeto al embrión humano:

"Tal vez estemos condenados a saber únicamente que tiene lugar un proceso cuyo resultado final es el milagro del recién nacido, y que decidir hasta qué momento se tiene derecho de intervenir en ese proceso y a partir de cuál ya no es lícito hacerlo, no puede ser ni aclarado ni discutido"

Las intervenciones biológicas y médicas sobre el cuerpo humano tocan algo más profundo que los órganos, los tejidos y las funciones: tocan a la persona misma. El problema de la manipulación y eliminación de embriones consiste en saber si son o no son personas. Quienes niegan la condición personal del embrión aducen que ser persona es tener autonomía vital y capacidad de relación inteligente. Pero eso les pone en la difícil tesitura de negar la condición personal no sólo al embrión, sino también al recién nacido, al deficiente mental profundo y al hombre que duerme. Quienes afirman la condición personal del embrión aportan el testimonio de la biología: el óvulo fecundado tiene individualidad genética y es capaz de presidir su propio destino hasta la vejez y la muerte natural. La biología pone así de manifiesto la verdad de una intuición universal: que el embrión es un ser humano en estado embrionario.

Por tratarse de un ser humano, son éticas las intervenciones médicas sobre el embrión cuando -con el consentimiento de los padres- tienen como fin su curación, mejora de sus condiciones de salud o su supervivencia, y cuando respetan su vida y su integridad, sin exponerlo a riesgos desproporcionados. Por el contrario, la investigación biomédica debe renunciar a intervenir sobre embriones vivos si no existe la certeza moral de que no se causará daño alguno a su vida y a su integridad, ni a la de la madre. Los embriones vivos merecen el respeto que se debe a cualquier persona humana, y tanto crearlos como mantenerlos en vida para fines experimentales o comerciales es contrario a la dignidad humana. Hay una razón de peso, y es que todo ser humano tiene derecho a ser concebido, llevado en las entrañas y educado en una familia, pues sólo dentro de la referencia conocida y segura de sus padres pueden los hijos descubrir su identidad y alcanzar la madurez. Por el contrario, es indigno ser tratado como un objeto que se manipula por un extraño en un laboratorio, con la misma técnica de la producción industrial en serie.

Si ponemos en duda el estatuto humano del embrión, esa misma duda tiene también una enorme fuerza argumental: ¿no será el embrión una persona llamada a la autonomía y al protagonismo de su propia vida? Podrá discutirse. Habrá que sopesar los argumentos. Pero si algo está claro es que, en la duda, es obligatorio respetar: nadie puede disparar en el bosque cuando duda si lo hace sobre un hombre. Es el mismo criterio que emplea el derecho penal desde hace dos mil años: in dubio pro reo, y que Hans Jonas formula de esta manera:

"Una regla fundamental para el tratamiento de la incertidumbre es in dubio pro malo: en caso de duda, presta oídos al peor pronóstico antes que al mejor; porque las apuestas se han vuelto demasiado elevadas como para jugar".

Extraido de "Filosofía Mínima", de José R. Ayllón.

Web de José Ramón Ayllón: www.jrayllon.com

 

 

 

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