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La matanza de los inocentes

autor: Admin

categoría: Otros

Abierto a todos los lectores

 

A AE. Con admiración y agradecimiento por todo lo que hace para que no se asesinen niños en el vientre de sus madres.

Era la nada. No existía. Hasta que un día parece que un espermatozoide se encontró con un óvulo y comencé a ser. Nunca supe si ese para mí extraño encuentro fue fruto del amor, de la pasión o del precio. Era tan pequeño, tan absolutamente pequeño, que no podía saber esas cosas. Pero comencé a ser feliz.

Me encontraba en un ambiente cálido, húmedo, maravilloso y enseguida supe que tenía una madre. Porque tan bien sólo te puede tener una madre. Y comencé a quererla. Porque en sitio tan amoroso sólo te puede tener una madre. Y sin saber hablar, sin saber lo que decía, comencé a decir: mamá.

Luego vi como iba teniendo manitas y pies. Como mi cuerpecito crecía todos los días. En el amor. Caliente, alimentado, sintiéndome querido. Y yo que no sabía nada pero que ya comprendía mucho pensé que aquello era el cielo. No tenía conocimiento de lo que podría ser el cielo pero aquello era tan maravilloso que lo llamé cielo. ¿Alguien me lo inspiró? Tal vez. Porque algo tan bueno se le tenía que haber ocurrido a alguien que supiera mucho de lo que hacía.

Mi cabecita era ya algo que se estaba haciendo. Sé que nadie se lo creería pero yo ya comenzaba a pensar. Aunque sólo pensara en lo bien que se estaba aquí. Y que alguien me quería muchísimo para tenerme tan maravillosamente. Y creía que con crecer le daba las gracias a quien me llevaba en su seno. Aunque no supiera lo que era un seno.

Hasta que un día me desgarraron, me quemaron, me trocearon. El dolor fue espantoso. Jamás creí que alguien pudiera sufrir de tal manera. No sabía gritar pero en aquel momento lo aprendí. Grité con todas mis fuerzas. De dolor. Pero nadie me escuchó. O eso creí.

Instantes después vi a una señora hermosísima que recogía mis trocitos desgarrados y con amor los recomponía. Y una vez juntados todos me dio el beso más amoroso que imaginarse pueda. Yo no sabía lo que era un beso pero ese día lo aprendí. Y me encontré todavía mucho más feliz que cuando tan feliz estaba en el seno de mi madre. Los dolores espantosos se me habían olvidado. Todo era plácido y hermoso. Y me encontré con que sabía hablar.

¿Quién eres?

Tu madre del cielo.

Y cogiéndome de la mano me llevó ante el ser más maravilloso que imaginarse pueda. Y le dijo Ella.

Otro hijo que nos ha llegado. Y Él, revestido de luz, con una túnica roja que por un momento me hizo recordar aquella sangre que derramó mi cuerpecito cuando me troceaban, también me besó. Y desde ese momento entendí todo.

Claro que su túnica era del color de la sangre. De la que derramó por mí y por todos cuando murió por nosotros. Y en ella estaba, yo la ví, también mi sangre de niño asesinado. Pero era ya un sangre gloriosa, indolora, resplandeciente, perdonadora.

Desde entonces estoy feliz, gozoso, a su lado. Muy pegadito a Él. Con millones de niños como yo. Y como estoy tan cerca veo como habla, y se gozan de Él, con santos eximios de la Iglesia. Con Pedro, con Pablo, con Santiago, con Francisco, Domingo, Ignacio, Teresa... Pero siempre me dio la impresión de que con quien más a gusto estaba era con aquellos niños inocentes que mandó matar Herodes y con los millones de niños que nos han abortado en el vientre de nuestras madre.

Si siempre sonríe me parece que a nosotros nos sonríe más. Y nos quiere siempre a su lado.

Las cosas del cielo no son fáciles de entender. Y menos para alguien tan pequeño como yo. Pero os digo lo que me parece.

Y también os digo que si os encontráis con mi madre en la tierra, la que me abortó, que le digáis que si llega al cielo el primer beso que recibirá será el de aquel chiquitín que no quiso que naciera.

Yo le pido a Jesús, todos los días, que te traiga aquí. Y Él, que es muy suyo, todavía no me ha dicho nada. Pero se sonríe. No es mala señal.

Tú, mamá, no me quisiste. Yo desde el cielo, te quiero.

 

 

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