Textos clave: ROMANCE DE LA VOZ EN LA SANGRE

 
categoríaPoemas
fecha29-11-1999
autorAdmin

ROMANCE DE LA VOZ EN LA SANGRE


Fue hacia la tercera luna

cuando lo sintió en los centros.

Estaba sobre la hierba,

tumbada de cara al cielo

-viendo la tarde morirse

sobre sus ojos abiertos-

cuando notó en la cintura

como un pájaro pequeño,

que aleteó por lo oscuro

de su vientre unos momentos,

y luego vino a pararse

sobre su talle, en silencio...

              

Fue hacia la tercera luna

cuando lo sintió en los centros...

Un ¡ay! de gozo y asombro

y otro de duda y recelo

salieron de su garganta.

Las palomas de su pecho

se erizaron de blancura,

y un temblor de alumbramiento

sacudió de sur a norte

todo el mapa de su cuerpo

e hizo crujir entre sombras

las ramas de su esqueleto...

              

En un brinco de gacela

se ha levantado del suelo

y ha echado a andar lentamente

por la vereda de cedros.

Parece tallada en tierra

la cara de Sacramento.

-Iré a ver a la Jacinta

lo mismo que otras lo hicieron...

Ella conoce las plantas

y sabrá darme el remedio...

-¿No te da pena matarme

antes de nacer...?

             

      ¡Qué miedo

le dio al escuchar la voz

que le salía al encuentro,

envuelta en hilos de sangre

cortando su propio aliento!

-¿Quién eres que así me hablas...?

-Ahora, nadie... casi un sueño;

mañana, si tú me dejas,

un hombre de cuerpo entero...

-¿Y qué voy a hacer, mi niño?

-Parirme como un almendro

en la mitad de la cama

con las entrañas ardiendo.

-¿Pero y mi honra?

-Tu honra

la limpiaré con mis besos:

las madres después del parto

quedan igual que un espejo...

-Pero me faltan seis meses,

seis plenilunios completos

frente a los ojos que miran

y las bocas de veneno.

-¿Y a ti qué te importa nadie?

Ponte delante del pueblo

y escúpele la belleza               

de llevar un hijo dentro.

-¡Temo a las lenguas cobardes!

-Y en cambio no te da miedo

ir a buscar una planta

de sombra -flor de silencio-,

para derramar mi vida

por el primer sumidero

y que no quede del hijo

ni una fecha ni un recuerdo...

-¡Calla!

-No puedo callarme.

Una perra no haría eso:

me lamería los ojos               

hasta que los fuera abriendo...

Pondría mi piel süave

lo mismo que el terciopelo

y luego ya, sin saliva,

con los dientes en acecho,

se tumbaría a mi lado

hecha un río dulce y tierno,

para que yo la dejara

hasta sin cal en los huesos.

-¡Por Dios!

-Por Él, yo te pido

que no me dejes sin cielo.

Corta sábanas de holanda;

borda pañales de céfiro;

aprende nanas azules

y planta naranjos nuevos...,

y cuando me hayas parido

como a un torito pequeño,

abre puertas y ventanas,

que me contemplen durmiendo

lo mismo que un patriarca

en el valle de tus pechos...

La voz se apagó en la sangre;

la cara de Sacramento

parece como de barro

de oscura que se le ha puesto,

y con sus manos sin pulso

se toca el vientre moreno...

¡Ay qué monte de alegría!

¡Qué rosal al descubierto!

¡Qué luna bajo la falda!

¡Qué lirio de tallo inquieto!

-¡Yo te juro, amor -mi niño-,

por mis vivos y mis muertos,

que te he de parir un día

sonámbula de contento,               

aunque me escupan a una

todas las lenguas del pueblo!

                                                        


Rafael de León


cortesía de Adopción Espiritual